La esquizofrenia es una enfermedad de la que muchos hemos oído hablar y sin embargo, my pocos conocemos personas que se han visto afectadas por ella.
Esta patología se caracteriza por una mutación sostenida de varios aspectos del funcionamiento psíquico del individuo, principalmente de la conciencia de la realidad y una desorganización neuropsicológica más o menos compleja, en especial de las funciones ejecutivas, produciendo una dificultad para mantener conductas motivadas y dirigidas a metas, además de una significativa disfunción social. La Real Academia de la Lengua Española la define como aquel “grupo de enfermedades mentales correspondientes a la antigua demencia precoz, que se declaran hacia la pubertad y se caracterizan por una disociación específica de las funciones psíquicas, que conduce, en los casos graves, a una demencia incurable”
Este es el caso de una mujer que la padeció. Escuché en boca de mi madre aquella historia y no pude más que plantearme la terrible situación en primera persona, e intentar sentir todo lo que Susana, la protagonista, sentía.
Sola, enferma sin saberlo, desorientada, con un hijo autista.
Este es el resultado de un día cualquiera en su vida. Por un día, quise ser Susana y recé para que aquella sensación momentánea no quedase más que en un simple papel.
Una rayo de luz al otro lado de la ventaba atravesaba el cristal de mi habitación. Aquella calidez me anunciaba la llegada de un nuevo día. Un día más, uno como otro cualquiera.
Con un mecánico movimiento palpé de arriba abajo las frías sábanas que, arrugadas, quedaban a mi lado. Aquel hueco seguía vacío. Hacía mucho tiempo que ese espacio había quedado huérfano del calor del hombre que hacía años decía amarme con locura.
Permanecí inerte, sin ganas de moverme, con sentimientos enrarecidos y mezclados; frustración, miedo, angustia, ¿esperanza?
Respiré profundamente y, haciendo un gran esfuerzo con todos los músculos de mi cuerpo, me incorporé.
Atraída por el calor primaveral me acerqué a la ventana.
Había movimiento en la calle. A la derecha, un pequeño parque, donde los niños jugaban entre la arena y los columpios; madres que charlaban sin perderles de vista.
Recreé los dulces momentos que pasé con mi pequeño Nico hasta que al llegar el mediodía venía mi marido a buscarnos para comer juntos en casa, pero de eso hacía ya tanto tiempo, sonreí… Como hipnotizada permanecí frente a la ventana viendo ir y venir gente de un lado a otro.
El ruido del teléfono hizo que repentinamente despertara de aquella placida hipnosis, y lentamente, como si aquel sonido en nada me importunase, apoyé las manos sobre la cómoda de la habitación y me mire en el espejo.
La expresión de mi reflejo era como la del día anterior. Pálida y entristecida. Mis grandes ojos azules, parecían disminuir de tamaño con el paso de los días y perdían la vitalidad que, no hace mucho, se reflejaba en mi mirada. Aparentaba 20 años más de los que a mis 32 correspondían.
Inquieta miré mi reflejo… un escalofrío, como un latigazo, recorrió todo mi cuerpo. El espejo no solo contenía mi rostro, alguien detrás, me miraba.
Ahogué un grito de espanto y comencé a temblar… Rápidamente di la vuelta, pero nadie se encontraba allí. Me tiré al suelo y reptando como una serpiente llegué hasta la ventana. Me asomé de forma que nadie pudiera verme.
Mis ojos asustados miraban a izquierda y derecha y el latir del corazón se me salía del pecho. La gente que estaba en los balcones me espiaba, desde abajo, los transeúntes miraban hacia arriba, las mujeres del parque también miraban riendo.
Enloquecida cerré la persiana y quedé a oscuras. Corrí descalza y agitada.
Con un papel de periódico que llevaba meses tirado en el suelo, tapé todas las ventanas.
Agotada, en una esquina, con la única compañía de la oscuridad, rompí a llorar. Me oculté en la cocina y encendí otro cigarrillo con el mismo que ya empezaba a quemar mis dedos; abrazada a una botella de licor miré asqueada las tres cajetillas de tabaco vacías.
Oí la puerta. Encendí otro cigarro.
Apareció Nico, silencioso. Con aquellos ojos grandes que ya no expresaban nada.
Recorrió la cocina, restregando su cuerpo contra los azulejos. Detrás mi padre. Parecía un anciano.
- Susana, hija, no puedes seguir así. Tu hijo te necesita y tú necesitas ayuda.
Le miré con desprecio y respondí.
- ¡Tú eres el que necesita ayuda!
Salí corriendo y fuera de mí grité:
- ¡IROS DE MI CASA!
La puerta se cerró.
Me senté de nuevo en la encimera, y bajo la campana de la cocina, seguí fumando.